miércoles, 9 de enero de 2013

Diálogos en torno al "Amor Humano": Querido Gerardo (3)

Mí querido amigo Gerardo:

En el telar de nuestro diálogo tomo la punta del hilo de aquel párrafo en el que decías que “Es cierto, nunca se acaba. El hombre es como un animal insatisfecho. Tanto en nuestro conocimiento como en nuestro querer no hay un "ya basta". Estas facultades muestran una tendencia al infinito. No nos basta querer una cosa, o conocer una cosa. Esto se explica por su naturaleza espiritual. La capacidad de ellas se abren hasta lo infinito. Por ello podemos decir que el hombre es capaz de Dios, que tiende hacia Él. "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (Confesiones I, 1,1).”

Un animal insatisfecho. Una tendencia al infinito. Esa lectura que hace la razón a la experiencia del amor humano nos ayuda a entender la voluntad de Dios que ha querido entrar en la historia encarnando su amor infinito en la naturaleza humana y divina de su Hijo, nacido de mujer. En Cristo, Dios ama a cada ser humano como hijo en el Hijo. Esa es la certeza de nuestra fe. Un amor infinito que da respuesta a un anhelo infinito. Como anillo al dedo… Esta razón creyente que proclama la Escritura y que confiesa la doctrina de la Iglesia nos ayuda a entender el motivo de nuestra condición de “animal insatisfecho”, nuestra tendencia a lo infinito. Porque Dios es la fuente de la que derivan todas las formas de amor, también el amor humano. Por eso, desde una perspectiva teológica, a la vez sorprende y no sorprende, que el amor humano tenga su origen en el amor divino con el que fuimos pensados, amados, creados y adoptados. La intervención directa y personal de Dios en el origen de cada ser humano nos ayuda a entender esa huella de infinidad con la que hemos sido marcados.

Pero, aunque de esto podamos hablar, releyendo en nosotros ese anhelo insospechado e insaciable, uno no puede menos que preguntarse si es tan universal la conciencia de esta experiencia. En otras palabras, ¿todos leemos en nuestro anhelo de felicidad plena la huella del amor de Dios? Es una pregunta que atormenta a los agentes de pastoral de la Iglesia. ¿Qué le ocurre al ser humano actual que no descubre la trascendencia de esa tendencia innata al amor sin límite?

Creo que estamos un poco atolondrados. Hemos perdido esa capacidad de asombro ante la realidad. La realidad es tan impertinente y el sufrimiento es tan recurrente que en ocasiones el esfuerzo se dirige más a evitar el mal que a anhelar el bien sin límite. Muchos experimentan –y en no pocas ocasiones lo expresan- que el objetivo ideal es “no empeorar”. “Que me quede como estoy”. Se ahoga cualquier anhelo. Por eso, creo que habría que repensar esa afirmación por la que deducimos esa herida de amor en el alma humana. Con frecuencia me encuentro con personas que, aunque lo deseen, no descubren en su vida anhelos de insatisfacción. ¿No tendremos un exceso de medios de tal modo que, al no lograr abarcarlos y agotarlos, suponemos que nuestra capacidad de goce es infinita y los medios materiales que los satisfacen igualmente infinitos?

Esto lo digo en relación a algunas reflexiones recientes en las que he escuchado que ya no sólo se niega la posibilidad de Dios por el cientifismo dominante, sino que incluso se niega el mismo deseo de Dios que justifique la pregunta por el sentido. No sólo se vive como si Dios no existiera, sino que incluso se sospecha que ni la idea ni la persona de Dios cubra anhelo alguno de un corazón humano ya no insatisfecho.

Pensar estas cosas me sitúa en la casa de Isabel, la prima de María, en la montaña de Ainkarén. Aquella visita despertó, con la riqueza textual del Antiguo Testamento, el alma contemplativa de aquella mujer joven que, ante el saludo de su prima, proclamó, no sin una fuerte verdad humana subyacente, que “a los hambrientos, el Señor los sacia de bienes; mientras que a los soberbios, los despide vacíos…”. ¿Dónde podemos situar al ser humano actual? ¿En el grupo de los hambrientos o de los satisfechos?

Quien no espera nada de la vida, la vida lo abandona. Nada tendrá categoría de asombro. La gramática existencial será “come y bebe; mañana morirás”. ¿Cómo despertar el hambre dormida? ¿Qué hacer para ayudar al ser humano a ser verdaderamente humano?

Creo, amigo Gerardo, que aunque no nos agrade oír hablar de ello, el despertar pasa por el quirófano del dolor. Sólo el sufrimiento nos ayudará a despertar. Siempre será verdad que la cruz es la puerta de la salvación.

Además, ¿dónde están los testigos del gozo del amor humano? ¿Dónde aquellos que testimonien el gozo del Amar mayor? Su testimonio existe, está ahí, pero envuelto en el miedo que genera una sociedad narcotizada por un gozo falsificado que destierra –haciendo invisible lo real- el dolor, la cruz y el sufrimiento.

Tal vez he acabado un tanto pesimista. No era la intención. Pero sin este final uno no entiende por qué Dios entro en la historia asumiendo el sufrimiento, el dolor, el pecado y la temida muerte humana. Las cosas son como son, amigo Gerardo, y esa revelación es lo que da esperanza al insatisfecho.

Un saludo. Juan Pedro

martes, 8 de enero de 2013

¿Amor para toda la vida?

http://www.elsentidobuscaalhombre.com/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=131&te=16&idage=195&vap=0

Giacomo Samek Lodovici
El matrimonio no es el puerto del amor o su muerte, sino su escuela, en la que continuamente se descubre la inexorable riqueza del esposo. El divorcio es un drama, porque finaliza aquello que se prometió al otro para siempre, se rompe lo que tenía esperanza de eternidad, se acaba un proyecto de vida que tenía la vocación de llegar hasta el fin. Por eso, es una frivolidad considerar la separación de los esposos como un episodio más en la vida de un matrimonio.

En el debate sobre el divorcio que se dio hace treinta años en la época del referéndum (nota del traductor: hace referencia al debate que hubo en Italia hace 30 años), y en los discursos que se siguen haciendo hoy en día sobre este tema, se percibe un gran equívoco, es decir, la errónea convicción según la cual sólo los creyentes, mediante la fe, pueden sostener la indisolubilidad del matrimonio.

Esta opinión es un error grave, por que la indisolubilidad del matrimonio religioso no es sólo una verdad de fe, sino también una verdad que cualquier hombre puede comprender, incluso si no es cristiano, incluso si es ateo, mediante la razón. Parece paradójico, pero podemos demostrar que no lo es.

Para entenderlo es necesario reflexionar sobre el contenido del consenso que los esposos expresan en el momento del matrimonio. De hecho, el matrimonio nace del consenso libre de los esposos que se prometen: a) amor exclusivo, la donación para toda la vida; b) la apertura a la generación/educación de los hijos. Quien no promete estas dos cosas, o las promete pero sin ser sincero, no se ha casado nunca. Por eso, en caso semejantes es impropio decir que el matrimonio entre dos personas ha sido anulado, por que hablando con propiedad ese matrimonio ha sido nulo desde el principio, no ha existido nunca. Así pues, en estos casos no tiene lugar una rescisión del ligamen matrimonial y por eso no hay divorcio, sino simplemente la toma de conciencia de que ese ligamen no ha existido.

Buscamos ahora aclarar otro punto: dos cónyuges prometen amarse, ¿pero qué significa amarse?, ¿qué es ese amor en el que ponen su esfuerzo de manera recíproca? Amar a un persona no significa, al menos no primariamente, sentirte transportado por ella, descubrir la fascinación, estar emotivamente atraído, estar bien juntos. El amor está acompañado a menudo por el sentimiento, la fascinación, de estar bien juntos, pero no coincide con el sentimiento (que sin embargo, es importante), la fascinación o el estar bien juntos. El griego y no cristiano Aristóteles, ya en el S. IV a.C. explicó que el amor es un acto de la voluntad, que amar significa querer el bien del otro, de procurarlo, de favorecerlo. Por ejemplo, aunque me disguste el comportamiento de mi hijo, hasta el punto que siento rechazo emotivo, yo lo amo si intento de favorecer su propio bien, su crecimiento, etc. Pero no sólo eso, si no que amar a una persona significa amarla en si identidad, es decir, amar su yo, que es único e irrepetible, amarla por lo que es en modo irrepetible, no por las características que otras personas puedan tener como la simpatía, la belleza, la riqueza, etc.; el que ama la simpatía, la belleza, la riqueza de una persona, en realidad no está amando a aquella persona, sino que está amándose a sí mismo y consciente o inconscientemente, está usando a la otra persona para si bien. Es el mismo griego y no cristiano Aristóteles el que lo dice (Ética a Nicómaco, 1156ª 14-24).

Esto significa que dos personas casadas, habiendo prometido amarse para toda la vida, han prometido buscar el bien del cónyuge, de amarlo en su identidad irrepetible y única. Si el contenido de su promesa no es este, ellos nunca habrán estado casados nunca.

Y si consideramos que en el momento del consenso dos esposos que se esforzado libre y conscientemente: a) a amarse (es decir, a querer y buscar el bien del otro) de manera exclusiva; b) a estar abierto a la vida, podemos comprender con la razón, sin recurrir a la fe que el matrimonio es indisoluble. De hecho, los cónyuges si han marcado el trabajo de quererse bien recíprocamente, de donarse el uno al otro, a su yo único e irrepetible, a su identidad personal. Sin embargo, las características físicas y psicológicas de un hombre y de una mujer pueden mutar: un hombre guapo, extrovertido y simpático puede convertirse en feo, introvertido y antipático; un hombre rico, famoso puede convertirse en pobre y deshonrado: pero la identidad personal de un hombre no puede cambiar: se ve al mismo hombre en las fotos de recién nacido, de niño, de adolescente, de adulto, de anciano, aunque si sus características físicas hubieran cambiado totalmente, aunque si hubiese pasado de rico, guapo, potente, simpático, a pobre, feo y antipático.

Pero, entonces, si los esposos se empeñan en amar para toda la vida a su cónyuge en aquello que constituye su identidad personal, habiendo visto que esa identidad no cambia nunca, su promesa no puede deshacerse, por lo que el matrimonio sería indisoluble y el divorcio es un acto gravemente inmoral.

Si podría objetar: cuando entre dos cónyuges no existe más el sentimiento inicial el matrimonio no existe más por que el sentimiento no se puede producir.

Respondemos: a parte del hecho de que el sentimiento se puede favorecer (por ejemplo buscando vivir toda la vida como novios, que se dan sorpresas o se hacen regalos, que salen por la noche, etc), como ya hemos dicho, en el consenso de los esposos no prometen permanecer juntos hasta que padezcan un problema emotivo frente al otro cónyuge, sino que prometen buscar el bien del otro para toda la vida.

Con esto también podemos entender por qué la separación, bajo ciertas condiciones es admisible. Los cónyuges pueden separarse si se llega a una situación en la que la misma convivencia se ha vuelto insostenible, por que ellos no han prometido vivir juntos toda la vida, sino que han prometido que buscarán el bien del otro para toda la vida, por lo que pueden separarse si la convivencia provoca realmente un mal al otro; pero cada uno deberá seguir buscando el bien del otro, por lo que deberá mantener siempre la posibilidad de volver a vivir juntos, deberá intentar restaurar la relación, es decir que deberá intentar restaurar las condiciones de la convivencia, en cuanto que de la convivencia surge para cada uno de los esposos un bien como es la mutua ayuda, el apoyo y la colaboración recíproca. La experiencia enseña que con esta disposición la recomposición no es una utopía y existen casos de reconciliación.

Así hemos reconstruido una primera razón de la indisolubilidad del matrimonio que sirve para cualquier matrimonio. Pero se puede indicar una segunda, que sirve en el caso de que el matrimonio tenga hijos. Está claro que el contexto propicio para el nacimiento, el crecimiento y la educación de un hijo es el de una familia estable y sólida. Y bien, el divorcio es una verdadera injusticia con respecto a los hijos, les hace sufrir siempre mucho, les hiere psicológicamente y afectivamente. Incluso hay estudios que muestran el riesgo de problemas interpersonales de los hijos de divorciados (cfr. Bibliografía) y que muestran como es falso sostener la idea de que cuando los padres no se llevan bien es mejor para los hijos que se divorcien: sólo en las familias donde los conflictos son fortísimos el niño puede obtener beneficios de la eliminación del conflicto, pero tal tipo de conflicto es raro, por lo que en la mayoría de los casos sería mejor para los hijos si los padres, en vez de divorciarse, permanecieran juntos y afrontaran sus problemas.

Además, los esposos se comprometen en el momento del matrimonio a educar y a hacer crecer a los hijos, Habiendo tomado esta tarea, o por el solo hecho de haber engendrado a sus hijos, ya que con el divorcio hacen sufrir a los hijos, cometen una gran injusticia ante ellos.

Hay datos interesantes que muestran que son mucho más felices los cónyuges que deciden no divorciarse, con respecto a aquellos que deciden hacerlo, y que el divorcio no es indoloro y tiene relevantes repercusiones penales, incluidos muchos homicidios.

Al que mantiene, como hacia Montaigne, que el divorcio favorece la duración del matrimonio porque los maridos aman más a las mujeres por el temor de perderlas, hay que rebatirle que quien sabe que está unido indisolublemente busca de todas las maneras de hacer que el matrimonio vayas bien; pero el que sabe que su matrimonio se puede escindir, pondrá un menor esfuerzo por lograr que éste salga adelante (por ejemplo habrá menos escrúpulos para traicionar al cónyuge), porque sabe que el matrimonio no es definitivo (un estudiante que estudia en una escuela difícil se esfuerza menos si sabe que sus padres le van a trasladar a una escuela fácil para evitarle los suspensos, en caso de que le vaya mal). Una última consideración. Por que el matrimonio es indisoluble es fundamental un camino cuidado de preparación para el mismo y no hay que dejarse desalentar por la imagen que ofrecen los medios de comunicación del matrimonio: no es verdad que no es posible permanecer juntos toda la vida y que los matrimonios se rompen de manera inexorable. Hay muchísimos casos de matrimonios logrados que no se presentan nunca, donde los problemas que surgen se superan y donde la fidelidad no es rígida porque el amor se reinicia cada día y puede ser creativamente inventado cada día.

Por eso el matrimonio no es el puerto del amor o su muerte, sino su escuela, en la que continuamente se descubre la inexorable riqueza del esposo: como dice Plutarco, el amor "no solo no va nunca sujeto al otoño, sino que florece también entre los cabellos blancos y las arrugas, y se prolongan hasta la muerte y a la tumba".

(Fotografía "Los amantes de Teruel" obra de Juan de Ávalos)

domingo, 6 de enero de 2013

Diálogos en torno al "Amor Humano": Querido Juan Pedro (2)

Mi querido Juan Pedro:


"Esto va a ser un poco difícil, así que presten atención...¿Cuánto pesan sus vidas?"


Después de ver esta narración de la metáfora de la mochila, vuelvo a tu carta. Señalas en ella el origen fontanal, el orto, del amor del hombre en Dios. Estoy de acuerdo. Este origen fontanal muestra la esencia, el modo de ser, del amor de Dios y el constitutivo del amor del hombre. Comentas cómo en el hombre esta realidad se constituye en anhelo, en búsqueda.

Es interesante, la unidad del hombre se manifiesta en todo su actuar. El tema del amor atraviesa a todo el hombre, todas sus realidades. Esta "via amoris" es excelente para reflexionar sobre su forma de ser, su naturaleza.


Preguntemos a la filosofía por esta realidad. Recordemos la imagen de Boecio, a modo de composición de lugar, que nos recuerda a la filosofía como una dama que en momentos se presenta grande, excelsa hasta confundirse en las nubes, en otros pequeña y comparece en su celda para consolarlo ¿Cuánto pesan sus vidas? esta pregunta, que nos planteaba la metáfora de la mochila, me recuerda la frase agustiniana: "Amor meus pondus meus" -mi amor es mi peso- (Confesiones XIII, 9,9) Juan Pedro, si un filósofo no pone alguna frase en latín o en griego parece ser que ese día no duerme bien, perdona. ¿Tu querrás que descanse?

Ese anhelo presente en el hombre, esta búsqueda sin término, refleja una experiencia cercana a nosotros. Recuerdo un amigo Rumano que conocí en Bolonia. Él se encargaba de arreglar y cocinar en la casa que yo me albergaba de paso por esa ciudad. Su situación era dura, había llegado a Italia sin papeles, necesitaba trabajar y enviar apoyo económico a su familia. Por no tener, no tenía ni el idioma, con lo cual hablar con él era como jugar a la mímica. Ya que vivía en la casa, ahorraba todo lo que ganaba. Entre nosotros le dejábamos ropa, y el dueño de la casa se encargó de los trámites necesarios para poner sus papeles en regla. Al año siguiente, fuimos un día a comprar unas verduras que necesitábamos. Me contó como de ir a misa para ver algo de gente, comenzó a conocer a algunos. Tenía una novia, salían los fines de semana, tenía los papeles en reglas y un contrato de trabajo. Me decía, "cuando pisé Italia esto era un sueño lejano. Pero ahora veo que no es suficiente. No es que ya lo he conseguido y se acabó. Ahora pienso en casarme, pienso en cómo ahorrar para conseguir una casa, si tuviese un coche para llevar de paseo a mi novia...Esto nunca se acaba".

Es cierto, nunca se acaba. El hombre es como un animal insatisfecho. Tanto en nuestro conocimiento como en nuestro querer no hay un "ya basta". Estas facultades muestran una tendencia al infinito. No nos basta querer una cosa, o conocer una cosa. Esto se explica por su naturaleza espiritual. La capacidad de ellas se abren hasta lo infinito. Por ello podemos decir que el hombre es capaz de Dios, que tiende hacia Él. "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti" (Confesiones I, 1,1).

Toda búsqueda parte de algo que nos falta pero de lo que se tiene alguna noticia. Ya los clásicos decían que el amor es como una herida, que sólo sana quien la ha hecho - "Amor vulnus idem qui sanat facit" Publio Siro, Sentencias - . Nosotros tenemos esa huella en nuestro interior, ese "made in heaven", que nos impulsa a buscar. Pero hay que distinguir, ya sabes, la frase del aquinate: "la labor del sabio es ordenar". Tratemos, pues, de ordenar para ir ganando en sabiduría. El intelecto nos mueve a poseer espiritualmente la realidad en cuanto conocida. El querer, la voluntad, nos mueve a su posesión real. Es cierto que distinguimos estas facultades porque tienen su propio objeto y para comprenderlas mejor. Pero en el hombre se dan al unísono, no son escindibles una de otra. En ocasiones, he usado la imagen de un hombre en una silla de ruedas impulsado por un hombre ciego y forzudo. A pesar de lo tosco de la imagen y la cosificación que implica, podemos entender al hombre de la silla de ruedas como la inteligencia y al forzudo ciego, como la voluntad. Una sin la otra o no avanzan, o su avance puede tener un desenlace fatal... El hombre debe ir recorriendo ese camino de búsqueda con su inteligencia y voluntad, a pesar de esa huella profunda, de esa tendencia, no está determinado cómo la ha de llenar. Debe descubrirlo, por ello la imagen del riesgo, de la aventura, que acompaña al vivir. Es una realidad, podemos errar, incluso en aquello en lo que nos va la vida.

Por esto comenzaba la carta con la metáfora de la mochila. La misma capacidad infinita de nuestro espíritu nos puede llevar a encontrar ese objeto supremo del amor que nos sacia en Dios, o podemos errar. ¿Por qué esto? Primero, con cierta evidencia, es que somos libres. Pero fíjate, querido Juan Pedro, cómo subyace una cierta paradoja. Parece que para encontrar el amor primero hay que perderse. Entregarse. La mochila llena que nos habla la metáfora sólo es un lastre que nos frena, esto se demuestra falso. El peso verdadero, la densidad de nuestra vida está en nuestro amor. Ese amor que exige decisión, en suma compromiso, com-pro-me-ter-me. Cada elección conlleva a una renuncia, y esa renuncia no me cercena - lo paradójico - me acerca al bien deseado. Me acerca, en cuanto me comprometo con él, en cuanto renuncio a lo demás por ese bien. Allí realizo el amor o lo consigo. Exige un darse, un donarse. Es una lógica distinta a la que estamos acostumbrados. La lógica del don. Parece que el bien sólo se nos debe y no es preciso dar paso alguno. En el fondo tenemos algo de egoísmo.

¡Qué curioso! Sin duda es necesaria la revelación. Aunque tengamos la capacidad de conocer y amar a Dios en nosotros. Esta búsqueda sería tortuosa, no exenta de errores, y limitada en su contenido.

 Bueno querido amigo quedo a la espera de tu respuesta, queda mucho por tratar el papel de los sentimientos la verdadera libertad, los ámbitos donde el hombre realiza ese amor.

Gerardo.

martes, 1 de enero de 2013

Diálogos en torno al "Amor Humano": Querido Gerardo (1)


Mí querido amigo Gerardo:

Con cuánta alegría comienzo esta experiencia de diálogo epistolar. Tal vez no quepa otra forma sana de relación entre la teología y la filosofía que no pase por el diálogo mutuamente enriquecedor; y más si el objeto de diálogo es la entraña de nuestra humana condición, la que nos identifica y humaniza: nuestra indefinible capacidad de amar.

Si al respecto del amor humano le preguntamos a la Palabra de Dios que nos señale su esencia, que nos indique el quicio de su identidad, lo esencialmente cristiano del Cristianismo, nos diría con san Juan: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4, 16). Ahí está la frase que me pedías que propusiera. La vena madre de la certeza teológica sobre el amor humano. Amamos porque somos imágenes del amar infinito. Somos, porque amamos. Tan humanos y tan divinos como nuestro amar.

Descubrir que el origen del amor humano está en el misterio de Dios es la gran revelación cristiana. De hecho, cuando leemos el libro del Génesis, con su riqueza literaria y su envoltorio narrativo, no descubrimos sino la certeza creyente de que cuanto existe, la realidad en su conjunto, es la consecuencia de un amor infinito. Por amor crea; y hace presente en su obra esa bondad propia de su amor eterno. Pero si así ha sido con la realidad material que percibe el ser humano en su entorno, cuando se descubre a sí mismo, y en sintonía con esta certeza primordial, la persona humana se descubre amado singularmente. Y la singularidad radica en que posee la capacidad de responder amando; la capacidad de amar. Ser humano es ser capaz de entrar en la intimidad del amor divino, reconociéndolo y respondiéndole en esa dinámica feliz que realiza el amor.

Pensar el amor y sorprendernos al descubrir que es Persona. Un amor que se revela trinitario. Un amor interpersonal. Tan personal como comunitario. Una comunión origen y fuente de toda capacidad de amar. Por eso, con toda razón, afirmaba Benedicto XVI el año 2006 al Pontificio Instituto Juan Pablo II para el estudio del matrimonio y la familia: “La Sagrada Escritura revela que la vocación al amor forma parte de esa auténtica imagen de Dios que el Creador ha querido imprimir en su criatura, llamándola a hacerse semejante a Él precisamente en la medida en la que está abierta al amor”.

Esta es una original comprensión de la antropología. El origen del amor, de la capacidad de amar, de lo que identifica al ser humano como humano, no se encuentra en el ser humano mismo. No somos el origen de nosotros mismos. No amamos como origen del amor; amamos como respuesta a un amor original. De ahí la permanente búsqueda de sentido que hace al ser humano salir permanentemente de sí buscando su hogar, su espacio, su gozo.

Todos hemos conocido experiencias a este respecto. Tal vez nosotros mismos la hemos sentido. Descubrir que nada ni nadie sacia el anhelo de amor que nuestro interior genera. Y la búsqueda se reitera tras un aparente logro. Nos encandila un instante y, a la postre, como si de fuegos artificiales se tratara, se apaga dejando un desconsuelo en el paladar del corazón. El amor humano es una fuente de felicidad ingente sólo cuando se descubre en el cauce mayor del amor de Dios. Vislumbrar el amar en el amor. Si es sólo la forma humana de un encuentro, si es originado por el anhelo desbordante de nuestra naturaleza finita, si se agota en la persona amada, deslumbra y se apaga dejando amarga la boca en no pocas ocasiones. Soy porque he sido amado. Sólo así soy lo que soy. Amar es mi identidad más profunda. Y decidirnos a responder al amor es la más excelsa vocación del ser humano. Amar sobre toda cosa; sobre toda persona. Amar a Dios como Él ha querido ser amado: amando humanamente. Como un piano, que en su limitado espacio de 44 teclas, hace surgir una música infinita. Porque el amor infinito, el del piano de teclas infinitas, sólo lo puede tocar Dios. Amar infinitamente en una humanidad infinitamente amada.

Con afecto; Juan Pedro